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Entrevista

"Todos somos copartícipes y todos tenemos una responsabilidad ante los crímenes de odio", opinó María Teresa De J. Torres Mora

      
Todos somos copartícipes y todos tenemos una responsabilidad ante los crímenes de odio, opinó María Teresa De J. Torres Mora

María Teresa De Jesús Torres Mora

Sociología de la Universidad Simón Bolívar. Docente en el nivel universitario (23 años de experiencia) en las siguientes instituciones: Escuela Superior de Estudios Comerciales; Universidad del Valle de México; Universidad Simón Bolívar

  • ¿Cuáles son los crímenes de odio que suceden con mayor frecuencia en el país?

Los crímenes de odio más frecuentes se ejercen por cuestiones de género como los feminicidios; contra los miembros de la diversidad sexual (homosexuales, lesbianas y transexuales); las ocasionadas por diferencias étnicas y/o religiosas; o contra ciertos grupos etarios con expresiones culturales diferentes a los pautas dominantes, como el caso en 2008 contra una tribu juvenil urbana llamada EMOS, entre otros.

Todos estos grupos son los más vulnerables y se convierten en objeto de violencia (amenazas, acoso, daño físico y hasta asesinatos), en gran medida propiciado por las barreras interculturales, el fanatismo y la intolerancia de sectores sociales poderosos y/o mayoritarios que se ajustan a patrones socioculturales establecidos.

 

  • ¿En nuestra sociedad existe la discriminación hacia un grupo específico? ¿De dónde proviene esta intolerancia a este grupo?

Los homosexuales, las lesbianas y las personalidades transexuales son visiblemente objeto de escarnio social sistemático, en tanto no se ajustan a exigencias sociales propias de una cultura sexista, patriarcal, machista y de sometimiento femenino.

Las respuestas homofóbicas son una expresión de exclusión, no aceptación, intolerancia y estigmatización que se desarrolla en el complejo campo de lo emocional, psicológico y cultural. De ahí la dificultad de avanzar en el plano de la justicia social y del ejercicio pleno de los derechos humanos.

 

  • ¿De qué personas provienen estos crímenes de odio hacia el grupo mencionado?

Como todo acto que violenta y daña a nuestro semejante, en el escenario social aparecen tres figuras actorales: agresor- víctima y testigo.

La víctima (homosexual, travesti, lesbiana y transexual) por su identidad, sus deseos, sus prácticas sexuales y hasta por su apariencia, se convierte en sujeto vulnerable -psicosocial y sexualmente- expuesto a peligros provocados por la incomprensión generalizada; sometido a daños, a veces irreparables, en cuanto a su integridad física, su identidad y autoestima y su sociabilidad.

El agresor, movido por el odio hacia la minoría sexual, altamente convencido que el que falla y se desvía de las normas sociales y “naturales” es el que tiene orientaciones sexuales diferentes a las de él y el resto de la sociedad, por lo que ejerce un terrible grado de crueldad sobre su víctima. El criminal homofóbico –ciego y sordo ante la alteridad- de manera simbólica intenta destruir aquello que lo cuestione y que exprese diferencia; estigmatiza a su víctima como “perversa” y se considera a sí mismo como el “guardián de la moralidad” y “el brazo armado y justiciero de la sociedad”. De esta forma, racionalmente se justifica y se exime de cualquier sentimiento de culpa y remordimiento que pudiera abrir la posibilidad de enmendarse.

Pero en realidad y a manera de explicación freudiana, la homofobia es una respuesta a la represión del Yo, al miedo a reconocer y canalizar los propios impulsos homo-eróticos; una deficiente formación de la propia identidad y por supuesto, una carencia de valores éticos y ciudadanos que lo hermanen con el Otro.

El tercer elemento de la triada violenta es el testigo o espectador-generalmente el más numerosos- compuesto por los demás miembros e instituciones de la sociedad, que consciente o inconscientemente justifican y/o permiten por omisión los crímenes de odio. Cuando lo deseable es que cada testigo adquiera conciencia, se cuestione ante la oleada de odio, ya que el silencio y la pasividad avalan el odio y la destrucción. De no romper las inercias sociales, los actos de intimidación y exterminio se incorporan en el inconsciente colectivo como comportamientos “normales”.

El grupo de espectadores -a veces agresores disimulados-se integra por algunos agentes mediáticos (revistas sensacionalistas, reportajes, emisiones radiofónicas o televisadas, películas, etc.) que hacen presa de burla, chiste, injurias a miembros de minorías sexuales; consciente o inconscientemente, reproducen la espiral de violencia homofóbica y de exclusión social.

También como testigos aparecen las instituciones de seguridad pública y de justicia que directa o indirectamente favorecen la impunidad de los criminales homofóbicos, y frecuentemente producen una doble victimización en la o el denunciante mediante las corruptelas; los vacíos legales dictaminan un crimen de odio como pasional, o tipifican a la víctima como provocador(a), o cuando lo o la someten a otra clase de torturas y hasta nuevas violaciones. Ocasiones en las que los representantes de la ley pasan de ser testigos a convertirse en nuevos perpetradores, aumentando así la escalada de violencia contra las lesbianas, homosexuales, transexuales y travestis.

El resto de espectadores se conforma por maestros que pasan por alto los actos de maltrato en contra de chicos y chicas con diferentes orientaciones sexuales; los padres y madres que con su silencio, ignorancia e intransigencia impiden que sus hijos (as) se expresen y conformen una sana identidad y auto-concepto. También participan las redes sociales y comunitarias débiles que no ofrecen la suficiente protección y cuidado a los individuos y grupos vulnerables.

La lista es larga e interminable, pero al final todos somos copartícipes, todos tenemos una responsabilidad ante los crímenes de odio ¿permitimos su reproducción o nos decidimos a ponerle un alto?

 

  • ¿Cuál es su perspectiva a futuro en el tema de la intolerancia al Otro?

El debate sobre los crímenes de odio y, en especial la dirigida contra las minorías sexuales, es reciente. A nivel internacional se inicia aproximadamente a mediados de los ochentas, gracias a la presión de movimientos sociales pro-derechos humanos quienes abren la discusión del tema y la necesidad de aterrizarlo en el ámbito jurídico así agravar la penalización relacionados con estas agresiones.

Más allá del debate académico, jurídico y político, la agenda es larga quedan muchas tareas pendientes para el resto de la sociedad. Para empezar tendríamos que reflexionar sobre el concepto de tolerancia, qué y a quién toleramos.
Continuando con el hilo conductor de la anterior respuesta, como sociedad ¿toleramos la frustración e intransigencia de los agresores sexistas?; ¿toleramos pasivamente a policías y jueces que por prejuicios, corrupción y omisión no aplican la ley debidamente?; ¿toleramos emisiones mediáticas francamente ofensivas y dañinas en contra de las expresiones de las minorías sexuales?; ¿qué, por qué y a quién realmente estamos tolerando?

La verdadera tolerancia, necesarísima para la convivencia pacífica y realmente democrática, requiere de un respeto activo que presupone un aprecio positivo y solidario con el Alter aunque no se comparta los mismos objetivos e intereses; implica acción en defensa tanto propia como ajena. El verdadero reto para poner un alto a cualquier crimen de odio, implica la participación de todos los miembros e instituciones bajo los principios y prácticas de tolerancia con el signo de un respeto activo, solidario, de libertad, igualdad en derechos y un diálogo efectivo.

Por lo expuesto, la perspectiva es a largo plazo y de un trabajo arduo. Más que limitarnos al ámbito jurídico es abrir espacios en la esfera pública y en la privada; se requiere de todas las voluntades y, un papel muy activo de los medios y de las escuelas en todos los niveles y así realmente educar en el ejercicio de las virtudes ciudadanas.

 

  • ¿Qué se ha hecho para promover la cultura de la tolerancia?

Mediante diversos esfuerzos educativos y mediáticos, en México se iniciaron acciones para abatir el acoso y violencia entre alumnos, así promover una convivencia armónica y respetuosa.

Recientemente en materia jurídica, hay un reconocimiento público de la discriminación sustentada en la orientación sexual. En 2006 en el Distrito Federal la declaratoria de la legalidad de las sociedades de convivencia; la reformulación de articulados del Código Penal que delimitan los crímenes de odio; los movimientos sociales que presionan a las instancias políticas para la digna incorporación de grupos minoritarios en el capitulado de los derechos humanos y ciudadanos como eje temático y ético de igualdad y libertad para la diversidad sexual; la creación de un protocolo de investigación y de agencias especiales dentro de la Procuraduría de Justicia del distrito Federal, para atender delitos en contra de la comunidad gay, lesbianas, bisexuales y transexuales.

Aunque hay avances en materia legislativa sobre el tema, es insuficiente, todavía quedan muchos vacíos y ambigüedades jurídicas y políticas. Los esfuerzos serán nulos si no se da la promoción real de trasformar las actitudes en las diferentes instancias: policiacas, judiciales, educativas, empresariales, mediáticas, familiares y, sobre todo, un cambio profundo en cada mexicano.



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