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Feminicidio, una historia de asesinos seriales

      
El promedio nacional de asesinatos contra mujeres es de 2, 500 casos
El promedio nacional de asesinatos contra mujeres es de 2, 500 casos
Goyo El Estrangulador de Tacuba
Goyo El Estrangulador de Tacuba
Las Poquianchis
Las Poquianchis

Desde hace más de 100 años se han encontrado registros de asesinos seriales que han confesado asesinar únicamente a mujeres (casi siempre de tipo sexual).

El feminicidio, es el genocidio contra mujeres (el genocidio se entiende como el exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivo de raza, de etnia, de religión, de política o de nacionalidad).

Los crímenes son concertados por asesinos seriales e individuales: parejas sentimentales, parientes, novios, esposos, acompañantes, familiares, visitas, colegas y compañeros de trabajo y grupos mafiosos de delincuentes. Todos estos asesinatos tienen en común el hecho de que las mujeres que asesinan son consideradas usables, prescindibles, maltratables y desechables. Y, desde luego, todos coinciden en su crueldad y son, de hecho, crímenes de odio contra las mujeres. 

En Estados Unidos el 98% de los asesinos en serie son hombres, en el resto del mundo el porcentaje baja hasta el 76%, esto no quiere decir que no existan asesinas en serie.

Estos son los asesinos y asesinas de mujeres que han hecho historia en nuestro país y el mundo por su cantidad de víctimas:

-    Francisco Guerrero “El Chalequero”
En los años de 1880, Francisco Guerrero “El Chalequero” apodo que se adjudico debido a su peculiar vestimenta de pantalones estrechos, fajas multicolores y chalecos con agujetas o chaquetas charras; cometió más de 20 crímenes violentos contra mujeres que trabajaban como prostitutas en las calles de la Ciudad de México.

Proponiéndoles un encuentro sexual a las prostitutas, las llevaba a algún lugar solitario en donde, las violaba, apuñalaba y degollaba para finalmente tirar sus restos en la Colonia Santa María la Ribera.

En junio de 1888, Guerrero fue arrestado y condenado a muerte, sin embargo Porfirio Díaz cambió su sentencia a sólo 20 años en la prisión de San Juan de Ulúa quedando en libertad en 1904.

El Chalequero volvió a atacar y en 1908 se le acusó de haber decapitado a una anciana, por lo que fue sentenciado a muerte. Murió en 1910 mientras esperaba su ejecución.

-    Gregorio Cárdenas “El Estrangulador de Tacuba”
Su madre, una mujer dominante, marcó su vida, al reprimirlo constantemente. De niño padeció una encefalitis que le causó un daño neurológico irreversible, y a partir de ahí se comenzó a mostrar cruel con los animales. Años más tarde estudiaría Ciencias Químicas con una beca de PEMEX.

Las víctimas eran prostitutas menores de edad a quienes recogía en su automóvil, las llevaba a su casa y tras sostener relaciones sexuales con ellas las estrangulaba con un cordón. Después, procedía a enterrarlas (a algunas amarradas de manos y pies) en su patio.

Su último crimen no fue una prostituta, sino una amiga llamada Graciela Arias Ávalos, estudiante del bachillerato de Ciencias Químicas de la UNAM. Goyo pasó por ella en su automóvil y tras confesarle su amor (que no fue correspondido), comenzó a golpearla con la manija del auto que arrancó de un tirón hasta que la mató. El asesino condujo a su casa y la enterró como de costumbre.

Días después del asesinato de Graciela, fue internado en el Hospital Psiquiátrico del Dr. Oneto Barenque en Tacubaya donde miembros del Servicio Secreto lo interrogaron por la desaparición de Arias, finalmente confesó que la había matado y les indicó el lugar donde la había ocultado.

Posteriormente encontraron los 4 cadáveres de las mujeres y un diario donde admitía los 3 asesinatos y, con especial culpabilidad, el de Graciela.

La justicia le dictó auto de formal prisión y fue recluido en el Palacio Negro de Lecumberri, en el pabellón para enfermos mentales.

-    Delfina y María de Jesús González Valenzuela “Las Poquianchis”

Estas hermanas no gozaron de una infancia tranquila. Su padre, policía mató a un hombre inocente, por lo que tuvieron que huir al pueblo de El Salto, en Jalisco y sus hijas cambiaron su apellido por temor a las represalias.

Con la herencia abriéron una cantina que no sólo vendía bebidas alcohólicas, sino que también vendía los servicios de jóvenes prostitutas.

Carmen y Delfina tuvieron que regresar a Guanajuato en donde la prostitución no estaba castigada. Ahí se reunieron con su hermana María de Jesús, quien también se dedicaba a la prostitución. Compraron 2 cantinas de donde obtuvieron su apodo: La Barca de Oro antes había sido una cantina propiedad de un homosexual al que todos conocían como El Poquianchis, por lo que el apodo se les heredó automáticamente.

Posteriormente compraron un rancho que transformaron en su centro de operaciones. Ahí eran llevadas las niñas más bonitas de los pueblos y rancherías cercanos de muy corta edad que pronto se convertirían en esclavas sexuales.

Los ayudantes de las hermanas las violaban y las examinaban, si se quejaban las golpeaban y tras un baño de agua helada las sacaban a que atendieran a los clientes del bar, amenazadas de muerte si trataban de huir o no se comportaban a la altura.

Al cumplir 25 años las jóvenes eran entregadas al “Verdugo”, un amigo de las Poquianchis, quien las encerraba por varios días en el rancho, golpeándolas con una tabla de madera y un clavo afilado durante días. Después las echaba a una zanja, enterrándolas vivas. A otras les quemaban la piel con planchas calientes, las arrojaban de la azotea, les destrozaban la cabeza a golpes.

A sus rituales de bienvenida le sumaron animales sacrificados, sodomía, zoofilia, orgías, etcétera. Además las hermanas, cegadas por la avaricia, comenzaron a vender la carne de las prostitutas asesinadas en el mercado.

Una de las jóvenes consiguió escapar y dio aviso a la policía, quienes ordenaron registrar tanto el rancho como el bar. Ahí encontraron algo que jamás olvidarían: las celdas de castigo, cadáveres de bebés recién nacidos y mujeres enterrados, las jóvenes anémicas, golpeadas, quemadas y violadas, además de los trozos de carne lista para ser vendida por kilo en el mercado.

Las Poquianchis fueron directo a la cárcel y se les impusó 40 años de cárcel por más de un centenar de homicidios, pese a que ellas alegaban ser inocentes.

Tras varios años en la cárcel, María de Jesús quedó libre y desapareció sin dejar rastro, Carmen murió de cáncer encarcelada y Delfina, la Poquianchis mayor, murió accidentalmente cuando un trabajador de la prisión dejó caer sobre su cabeza una lata con 30 kilos de cemento. Tras 15 días de agonizar en el hospital, finalmente murió.

Aunque los relatos anteriores podrían bien ser parte de un guión de una cinta de terror, la realidad es que en México la violencia contra las mujeres es cuestión de cada día y se da en todos los ámbitos posibles. Las mujeres, ricas o pobres, trabajadoras o amas de casa, solteras, casadas, divorciadas o viudas, sufren de violencia en sus hogares, en el noviazgo, por parte de sus parejas o de gente relacionada con el crimen organizado.

Las cifras de la Comisión Especial de Feminicidios de la Cámara de Diputados, el promedio nacional de asesinatos contra mujeres es de 2, 500 casos, siendo Chihuahua y el Estado de México los estados con más altos índices de delitos de este tipo.

Este día, es un buen comienzo para pensar seriamente en tan delicado tema y buscarle soluciones eficaces y concretas. 

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