Sunday :: 26 / 10 / 2014

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Estrés, mal del 43 por ciento de la población adulta en México: UAM

Este mal es un síntoma en 90 por ciento de los padecimientos mentales y emocionales, y el causante de 80 por ciento de las enfermedades


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Cuarenta y tres por ciento de la población adulta de México sufre de tensión, acompañada con frecuencia de afecciones cardiacas, respiratorias o gástricas, y aun de diabetes, cirrosis o cáncer, señala la doctora María Elena Sánchez Azuara, profesora-investigadora  de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).

En la investigación Determinantes Psicosociales del Estrés Crónico. El Estrés y las Enfermedades, a cargo de expertos de esta casa de estudios, se busca identificar la relación entre el estrés, las emociones y los padecimientos.

Las presiones de la vida diaria provocan niveles diversos de tensión, derivado de las frustraciones por necesidades insatisfechas. Este mal es un síntoma en 90 por ciento de los padecimientos mentales y emocionales, y el causante de 80 por ciento de las enfermedades, en particular de infartos al miocardio, primera causa de muerte en el país.

La responsable del estudio y docente del Departamento de Sociología de la Unidad Iztapalapa explicó que se trata de una “condición psicológica” activada cuando una persona percibe e interpreta una situación amenazante o desbordante de sus recursos que le exigiría un sobreesfuerzo y, por ende, que pondría en peligro su bienestar personal.

Frente al estrés, las reacciones son atacar, huir o quedarse paralizado. En el primer caso se desencadenan tres fases: una de alarma, en la que todas las funciones del organismo se preparan para encarar una situación nueva, inesperada y de emergencia, mientras las glándulas endocrinas liberan las hormonas que se requieran para afrontar la contingencia.

La segunda es de resistencia, es decir, si el riesgo persistiese, se utilizaría el máximo de los recursos humanos. El cuerpo luchará contra el estrés y reparará cualquier daño causado por la reacción de alarma, pero si aquél continuara, el organismo permanecería en alerta sin posibilidad de remediar el deterioro.

La tercera está relacionada con el agotamiento de la persona, quien luego de un tiempo prolongado de exposición al trastorno vería sus fuerzas y reservas de energía extinguidas, lo que en un contexto extremo podría conducirla a la muerte.

Quienes reaccionaran huyendo no enfrentarían el problema, optando por evitarlo. La paralización obedecería a la imposibilidad de reaccionar o escapar; en este último caso, las personas quedarían en espera de posibles momentos mejores.

Sánchez Azuara expuso que el estrés es la versión moderna y en cierta forma atenuada de la respuesta de los antepasados humanos ante el peligro. Es una salida filogenéticamente programada a una condición de riesgo.

“En la Antigüedad había depredadores: en la actualidad los dañinos son el jefe, el asaltante o de manera simbólica las situaciones de la realidad interpretadas como amenazantes”, abundó.

En esa respuesta biológica, programada filogenéticamente frente a ambientes hostiles, participan todos los órganos y las funciones del cuerpo controlados por el cerebro.

Sobre los aspectos sociales vinculados con el padecimiento, la especialista en Psicodrama aseveró que la sociedad globalizada tiene ante sí un proceso de cambio social y existencial caracterizado por una carrera rápida y vertiginosa hacia la virtualidad.

“Las relaciones cara a cara se han transformado en vínculos virtuales, por lo que el espacio digital llega a sobreponerse al sitio real, con fuerte impacto en la cotidianeidad”.

En conexiones de ese tipo, las personas establecen procesos comunicativos con otras, sin saber quién es en realidad el interlocutor y sin entrar en contacto emocional con él. “Los nexos se despersonalizan, lo cual determina carencias en las experiencias básicas, e insatisfacción de las necesidades elementales de afecto, sobre todo en la infancia”.

En la era de la globalización es la “competitividad” y no la consecución de los requerimientos humanos lo que organiza y direcciona los procesos productivos.

Por lo tanto hablar de capacidad implica presión para lograr aceptación y afecto, además de todo lo que significa habitar en ciudades como la de México: tránsito, inseguridad y aglomeración, entre otros elementos, cuyo impacto en la calidad de vida tiene gran importancia en la génesis del estrés, un mal que afecta también a jóvenes y niños.

En un entorno social de globalización los componentes de la cotidianeidad se han visto seriamente trastocados. “La afectividad se ha cambiado por efectividad, favoreciéndose el incremento de la violencia en las relaciones interpersonales y aumentando la sensación de alerta e indefensión en un entorno económico-político progresivamente más incierto”.

Al potenciarse las vivencias de inseguridad, incertidumbre, pérdida y ataque, los montos de ansiedad y confusión fragilizan las salvaguardias básicas y, como consecuencia lógica, aumenta la incidencia del estrés y de las enfermedades vinculadas.

Las carencias materiales y las deficiencias en las condiciones de vida generan una sensación continua de alerta frente a la realidad amenazante. Las necesidades elementales son suprimidas y compensadas con satisfactores de consumo que se ofertan en aras de una supuesta “mejor calidad de vida”, lo que determina menos recursos para las situaciones cotidianas y alienta circunstancias para el estrés crónico.

Niños y jóvenes que no viven plenamente las experiencias básicas son susceptibles de recibir modelos de identidad difíciles de alcanzar, siendo “presionados para responder a los requerimientos del mercado”. El juego y la fantasía “se transforman en pericias sin un verdadero sentido de vida, escindidas de las emociones y los afectos”.


Fuente: Con información de la UAM





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