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Decir groserías puede ser beneficioso para tu salud

      
Fuente: Shutterstock

Desde niños conocemos estas palabras, dado que forman parte del proceso de adquisición del lenguaje en los primeros años. Claro que nuestros padres las evitaban, o nos retaban si nos escuchaban repetirlas, pero decir “malas palabras” cuando se es niño es como hacer una travesura. Se estima que ya para los 6 años la mayoría de los pequeños conoce alguna grosería y sabe en qué contexto usarla y si bien, toda la vida nos reprimimos al usarlas, hoy la ciencia demuestra que decirlas es bueno para la salud.

Aunque puedan sonar mal, decir groserías es liberador. La mayoría de ellas no significan nada y tampoco sirven como términos para comunicar información concreta, sino que funcionan como una respuesta emocional, una suerte de catarsis, que nos permite sacar de nuestro sistema sentimientos de rabia, dolor o incluso, alegría.

¿Es bueno decir groserías?

Claro que depende del contexto. Si estamos en una situación familiar o entre amigos, nadie va a juzgarnos por decir groserías. El problema es usar este tipo de palabras en contextos laborales o académicos, donde tenemos una imagen que cuidar y estamos rodeados de personas a las que no conocemos demasiado.

Lo que sí es seguro es que no hay que reprimirlas si sentimos la necesidad de decirlas en contextos de confianza. Un estudio de la Universidad de Keele ha demostrado que decir groserías es bueno a nivel emocional y también físico, dado que el cerebro funciona de manera diferente al procesar este tipo de lenguaje, lo que genera una sensación de liberación en el momento de expresarlas.

El lenguaje como habilidad humana se ubica en áreas específicas hemisferio izquierdo del cerebro, pero el lenguaje ordinario puede provenir de un área más asociada a lo instintivo y primitivo de cada uno, lo que explicaría por qué nos resulta tan liberador el acto de decir palabrotas.

Cuando usamos una grosería, la amígdala provoca que la parte derecha del cerebro despierte, cargándonos de energía y liberando la tensión reprimida. Así lo demostró el estudio en el que participaron  67 estudiantes universitarios, quienes tuvieron que sumergir las manos en agua helada. Algunos de ellos maldecían mientras esto sucedía, mientras que otro grupo no lo hacía. Al comparar los resultados notaron que los que decían groserías eran más resistentes al dolor.

Una cuestión cultural

Se maldice de diferente manera en cada idioma. Hay lenguas que parecen no tener “malas palabras” o es muy raro escuchar una de ellas en boca de los hablantes nativos. Dependiendo de las tradiciones y los valores  de la sociedad, los insultos varían haciendo énfasis en diferentes ámbitos. En el caso de las sociedades orientales, los insultos se asocian con la humillación y la pérdida de dignidad de las personas. Para los occidentales, en cambio, las malas palabras suelen dirigirse a familiares o figuras religiosas.

En México, se estima que se utilizan muchas groserías. La consultora Mitofsky reveló que los mexicanos utilizamos 1350 millones de groserías diarias, estimando que se utilizan más de 500 mil millones de groserías al año. Lo que representa una cifra bastante alta en comparación con otras sociedades.



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